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 #Chile una misión por cumplir: Aportaciones hurtadianas para el discernimiento

Nuestro amigo y bloggero invitado Ian Henríquez nos da algunos criterios importantes para discernir sobre nuestro voto en el plebiscito constitucional. Lo hace desde el pensamiento del Papa Francisco, la Conferencia Episcopal Chilena y desde Alberto Hurtado. Esperamos que los ayude. 

Muy prontamente todos los ciudadanos en Chile deberemos cumplir con nuestro deber de votar en un plebiscito, a favor o en contra del texto propuesto por el Consejo Constitucional. Con miras a contribuir al discernimiento, quisiéramos intentar el ejercicio de seguir consejos, modos y estilos de san Alberto, siempre tan inmerso y ocupado de su contemporaneidad y concreta circunstancia. 

Un rasgo característico de Alberto fue estar muy atento a los signos de los tiempos: «Un desorden profundo existe en las estructuras mismas de la sociedad. Cada cierto número de años una crisis hace estragos» (“Apremiantes reformas sociales”, Mensaje, octubre de 1952). 

Junto con ello, Alberto tuvo siempre un oído en la voz del Magisterio. Si emulamos esa actitud, bien valdría tener en vista las palabras de Francisco, en la Carta Encíclica Fratelli Tutti:  

«Reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías. Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles. Cualquier empeño en esta línea se convierte en un ejercicio supremo de la caridad. Porque un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en “el campo de la más amplia caridad, la caridad política”. Se trata de avanzar hacia un orden social y político cuya alma sea la caridad social. Una vez más convoco a rehabilitar la política, que “es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común”» (N° 180). 

Lejos de despreciar y abandonar la política, se nos llama a reconocerla como una altísima vocación, una forma preciosa de llevar a cabo la caridad. En la misma Encíclica, Francisco nos recuerda que «la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo» (N° 178); «La buena política busca caminos de construcción de comunidades en los distintos niveles de la vida social» (N° 182). 

De modo tal que, un primer elemento para discernir es darse cuenta de la importancia del asunto implicado. En razón de la gravedad y relevancia del mismo, es que hemos de ocuparnos con atención y dedicación a ello. No se trata de una mera y aburrida trivialidad. Se trata de buscar caminos de construcción de comunidad. 

Concatenado a lo anterior, hay que tener una perspectiva de largo plazo, pensando en el bien común. Como es obvio, esto es del todo contrario a pensar en lo inmediato y primordialmente en lo que a mí me beneficia. Dicha amplitud de mirada y de corazón es parte de la grandeza a la que se nos llama. 

Alberto tuvo muchas ocasiones de dar muestra de su fidelidad y obediencia a sus obispos. Y en el caso nuestro, la Conferencia Episcopal ha emitido una declaración que entrega luces orientativas para la decisión que habremos de tomar. 

Dice la Conferencia Episcopal que hay algunos aspectos que han de ser considerados esenciales, tales como la dignidad humana y el respeto a la vida, el fortalecimiento de la familia y el derecho a la educación y enseñanza (N° 6). Asimismo, destaca la importancia de la libertad religiosa y objeción de conciencia; del Estado social y democrático de derecho y de los principios de solidaridad y subsidiariedad, y algunos temas sociales específicos, referidos a los sistemas de salud y previsión social, como a las modificaciones referidas a la estructura de funcionamiento del Estado (Ns° 7 a 10). Para los obispos, «cada una de estas materias exige de los ciudadanos un juicio ético, es decir, una opinión fruto de la reflexión razonada e informada, sobre las bondades y perjuicios de las propuestas» (N° 11). 

Por otra parte, y en completa sintonía, hay textos directamente hurtadianos que pueden ayudarnos en discernir lo mejor para nuestro país. Escribió san Alberto:  

«Un régimen temporal basado en los principios cristianos debe presentar estos tres caracteres típicos: El 1° es su tendencia al Bien Común, a un bien común material y moral a la vez, al que los antiguos llamaban ‘comunión en el recto vivir’. No es un simple conjunto de los bienes de los particulares, pero tampoco sacrifica las partes en su provecho: es el bien común del todo y de las partes, un bien común del todo que trata de comunicar a las partes, ya se trate de la prosperidad material o de su patrimonio intelectual y moral. Este todo como formado por personas y familias, respeta sus derechos naturales de la persona y de la familia. El 2° elemento es su carácter personal. Todo bien social está ordenado a un bien mejor, al bien de la persona, a la conquista de su perfección y de su libertad espiritual. El bien temporal vale menos que los bienes espirituales y está subordinado a ellos, y la sociedad política reconociendo esta jerarquía crea un conjunto de circunstancias que favorezcan el desarrollo armónico de la persona […] Si bien la persona necesita de la ciudad temporal, el foco de su vida eleva a la persona a un vivir más alto. Y de aquí el 3° carácter: peregrinal, que se origina de ese encaminamiento de la vida terrestre hacia su propia superación, el cual niega el valor de fin último a la vida temporal y hace de ella un momento de nuestro destino, el momento terrestre. La ciudad es una ciudad de caminantes, de gente peregrina a otro lugar, pues esta tierra no es el sitio definitivo de su persona». 

Alberto Hurtado fue siempre consciente de la importancia de la vida política. De joven, fue secretario del Partido Conservador. Como sacerdote no estaba implicado en la “pequeña política”, es decir, la política partidista. Pero cumplió una importante labor en la formación de líderes políticos católicos y como líder de la consciencia social de Chile. 

Y también: 

«La vida en sociedad debe procurar a cada una de las personas la medida de la independencia que conviene a la vida de civilización, y esta independencia la aseguran a la vez las garantías económicas del trabajo y de la propiedad, los derechos políticos, las virtudes civiles y la cultura del espíritu» (“La nobleza de la persona humana”, Mensaje, agosto de 1953, pp. 255, 257-25). 

Precisamente, reflexionando sobre la necesidad de cambios estructurales en Chile, escribió Alberto:  

«Mientras la vida en su contextura misma no sea moral, toda reforma está condenada al fracaso. A) Una sociedad que no hace un sitio a la familia es inmoral […]. B) Una sociedad que no respeta al débil contra el fuerte, al trabajador conta el especulador, que no puede reajustarse constantemente las utilidades y el trabajo entre todos, no permite al hombre corriente una vida moral».  

«El Estado toma sitio preponderante. Tanto él como la sociedad anónima son patrones sin entrañas: son grandes instituciones despersonalizadas frente a las cuales el obrero es una cifra, cuyos problemas personales no cuentan, cuya individualidad no es tomada en consideración» (“Apremiantes reformas sociales”, Mensaje, octubre de 1952, pp. 481-483). 

Aperados con estas reflexiones hurtadianas, podemos retornar a un consejo de Francisco: «Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo “dialogar”. Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar. No hace falta decir para qué sirve el diálogo. Me basta pensar qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y a comunidades» (Fratelli Tutti, N° 198). 

Es indispensable que en Chile logremos recuperar no sólo el tejido social, sino la capacidad de dialogar, de discrepar sana y alegremente, sin transformar a quien piensa distinto en un enemigo al que silenciar, funar o eliminar. Recuperar la conversación del barrio, del patio de la escuela, de la sobre mesa familiar. Estos días pueden brindarnos también una oportunidad para ello. 

Ojalá estas líneas te ayuden a discernir lo mejor para Chile y obrar en consecuencia. ¿Tienes ya una decisión? Que pudieras dialogar sobre ella en tu entorno sería un aporte tan grande como el voto mismo. «El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta» (Fratelli Tutti, N° 198). 

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