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#Chile una misión por cumplir: El sentido del escándalo

San Alberto fue un apasionado por la justicia. Un 4 de agosto de 1923 jura como abogado, días antes de entrar en la Compañía de Jesús. La película “¿Cuánto cuesta hacer un ojal?” (2005), en que es interpretado por Iván Álvarez Araya, narra sus encuentros con las mujeres que trabajaban a domicilio, sin una legislación que las protegiera y ganando muy poco dinero por su trabajo, trabajo que se plasmaría en su tesis de derecho sobre “El trabajo a domicilio”. En 1947 publicaría “Humanismo Social”. Lo llamó un ensayo de pedagogía social, sobre cómo enseñar el sentido social a los ciudadanos y ciudadanas, sobre cómo enseñar a interesarse por los problemas humanos, lo que él hacía tan naturalmente. En septiembre, Mes de la Patria, les presentamos unos fragmentos, en los que habla del sentido del escándalo, sobre cómo reaccionar ante el sufrimiento y las injusticias humanas, y del compromiso del católico con sus hermanos y su país. Para dejarnos tocar, y seguir luchando por un Chile mejor.

Hijo o hermano del sentido de justicia es lo que admirablemente ha llamado Jules Simon: “El sentido del escándalo”, magníficamente descrito por él mismo. Toda acción social exige primeramente en cada uno de nosotros una obra de purificación espiritual. La primera condición de esta obra es despertar en nuestro espíritu el sentido del escándalo. Tan sólo depende de cada ciudadano en una ínfima medida suprimir la miseria y la desocupación, dar a millones de hombres, desnutridos, alojados como perros y reducidos a la desesperación, un alimento suficiente, una vivienda salubre y las condiciones esenciales de la moralidad. No podemos cambiar rápidamente el curso de la historia.

Pero una cosa depende de nosotros y esa siempre es posible. Aunque aceptemos el mal como una fatalidad provisoriamente invencible, no lo justifiquemos como si fuese el bien absoluto. Constreñidos a los actos viciados por las condiciones que nos dominan, podemos salvar al menos la pureza de nuestro juicio; podemos al menos afirmar que no es buena ni digna de ser inmovilizada para siempre una arquitectura social que hace nacer la miseria de la abundancia y la desocupación de la ingeniosidad técnica; que hace al trabajo esclavo y al dinero rey. Lo que siempre podemos hacer es asombrarnos y sufrir. ¡Asombrarnos y sufrir! He aquí lo que todo cristiano debe hacer cuando ve el desorden instalado en vez de la justicia.

El Cardenal Caro bendiciendo la primera piedra del Hogar de Cristo, acompañado por Javier Errázuriz (quien donara los terrenos de Colina) y el Padre Alberto Hurtado. El sentido del escándalo lo movilizó siempre para atender a los más necesitados de la sociedad.

Ha sido muy mal entendida la doctrina de la Iglesia sobre la resignación, como si el católico debiera resignarse, sin luchar, al curso de los acontecimientos: tal concepción equivaldría ciertamente al opio del pueblo. Pero no ha sido nunca esa la doctrina de la Iglesia: el católico debe luchar con todas sus fuerzas, valiéndose de todas las armas justas para hacer imperar la justicia. Sólo cuando ha quemado el último cartucho tienen derecho a decir que ha cumplido con su deber. Ante los hechos consumados, que no está en su mano evitar, se resigna, pero no ante las realidades que él puede evitar o modificar.

Es menester vivir, aceptar, someterse, pero se puede al menos mantener la rebelión dolorosa de las conciencias, porque también importa crear las condiciones psicológicas del progreso. Porque todo está perdido si el hombre se resigna al mal desde un principio y pone todo su valor y toda su prudencia en instalarse en el presente, sin guardar lo mejor para preparar el porvenir.

Es cierto que los problemas económicos son muy complejos. ¿Qué podemos hacer cuando nadie ve claro? Se diría que las soluciones escapan a la pobre inteligencia humana… Es posible; pero al menos se puede protestar, protestar con la conciencia cuando no se dispone de otra arma, protestar con la voz, cuando se tiene aliento. Se puede no adquirir el hábito de la injusticia. Se puede rechazar las complicidades… El silencio sobre las injusticias sociales perjudica en mayor grado a la Iglesia de lo que pudieran servirla grandes discursos sobre el peligro de las logias“.

(San Alberto Hurtado (2013) Humanismo Social. Santiago: Ediciones Universidad San Alberto Hurtado)

¿Y tú? ¿Te dejas tocar ante lo que ves cada día? ¿Te dejas molestar por las injusticias de las que eres testigo? ¿Tratas de percibir cómo Dios te habla allí? ¿Intentas hacer algo, aunque sea poco, para aliviar ese mal? Muchas veces solo podemos acompañar, estar presentes. ¡Los leemos!

Nuestro blogger esta semana es Alberto Hurtado SJ. Fue sacerdote, jesuita, abogado, psicólogo y educador, viajero y amiguero. Trabajó en la Acción Católica, fundó el Hogar de Cristo, y dio muchos retiros y charlas. Se dedicó a la formación de jóvenes, mujeres, hombres y en la última parte de su vida fundó la ASICH y trabajó con líderes sindicales. Según lo que hemos escuchado, le gustaban los tangos, se emocionaba hasta las lágrimas fácilmente (¡era muy sensible! Él no se creía eso de que “los hombres no lloran”); era “acaballado”, y cuentan las malas lenguas, que manejaba muy mal. Fue declarado santo de la Iglesia Católica el año 2005 por Benedicto XVI, y pronunciado Padre de la Patria por el presidente de Chile don Ricardo Lagos. Puedes visitar su tumba en el Santuario Padre Hurtado, en Estación Central (Av. Padre Hurtado 1090).

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