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El Padre Hurtado: El amor a su madre y a María

Escrito por Fundacion Alberto Hurtado

Josefina Errázuriz, fundadora de “Trabajo para un hermano” y estudiosa del Padre Hurtado, señala en este artículo que “las mujeres que más amó fueron su madre y María. Ambas influyeron poderosamente en él y contribuyeron a su visión de la vida”.

En su infancia Alberto Hurtado se distinguía por su gran afecto y cercanía a su madre, Ana Cruchaga, quien a pesar de su pobreza personal estaba siempre atenta a servir a los más pobres. Alberto creció viéndola colaborar con amor en el Patronato de San Vicente de Paul, en un sector muy modesto de Santiago, a donde también lo llevaba a él.

Luego, como alumno del Colegio San Ignacio se incorporó a la Congregación Mariana. Allí conoció más íntimamente a María, Nuestra Señora, lo que le ayudó a amarla en forma más tierna y personal como lo indican sus apuntes de Ejercicios Espirituales. En su último año de colegio ejerció su apostolado social de congregante mariano en la Parroquia de Andacollo en el barrio Mapocho, el más miserable del Santiago de entonces. Su amor por los pobres y por los que sufren, tan fuerte en él durante toda su vida, se comienza a gestar bajo el amparo de Nuestra Señora.

“¡Cómo me regalonea esa madre!”

Muy joven, se siente llamado al sacerdocio, pero comprende que tiene que esperar para no dejar sola a su madre viuda y necesitada. Es así como, en 1918, ingresa a estudiar leyes en la Universidad Católica. Fue un alumno brillante que tomó muy en serio sus estudios a pesar de su firme propósito de ser sacerdote. Entre sus estudios y sus trabajos para ayudar económicamente a su madre, demoró ocho años en poder cumplir con su sueño de ser sacerdote. Ocho años que le dolieron, como quedó constancia en sus cuadernos personales. Cuando se titula de abogado, lo primero que hace es solucionar la injusticia que tenía a su madre en la indigencia. Sólo entonces se siente autorizado a ingresar a la Compañía de Jesús. Su amor por su madre y la seriedad con que afrontó su responsabilidad de hijo mayor para con ella, fueron templando su carácter y haciéndolo crecer como persona.

Su relación con María era muy cercana y tierna. En su diario espiritual aparecen líneas como las siguientes: “…qué ingrato he sido con la Santísima Virgen! Cómo he acudido a ella en demanda de favores y luego no se los reconocía y no confesaba que por Ella me habían venido”. La reflexión sobre la vida oculta de la Sagrada Familia en Nazaret es para él un impulso a la afectividad y a la laboriosidad. “La Santísima Virgen me asiste en mis luchas”. “¡Cómo me regala esa Madre!”.

Una imagen de María, recuerdo de su primera comunión

Su amor a María como estudiante jesuita

De su época de estudiante de filosofía en Barcelona (1928), he tomado algunos textos que reflejan su amor y ternura hacia María y Jesús, y el rol que a María le asigna en su vida espiritual:

En la contemplación de la Encarnación apunta: “Que mi corazón sea su Nazaret: oración, silencio, tranquilidad. Para la tranquilidad, confianza en Ella y en Jesús”.

En la contemplación del nacimiento anota: “Madre mía querida y muy querida! Ahora que ves en tus brazos a ese Niño bellísimo no te olvides de este esclavito indigno, aunque sea por compasión mírame, ya sé que te cuesta apartar los ojos de Jesusito para ponerlos en mis miserias, pero, madre, si tú no me miras ¿cómo se disiparán mis penas? Si tú no te vuelves hacia mi rincón ¿quién se acordará de mí? Si tú no me miras, Jesús que tiene sus ojitos clavados en los tuyos, no me mirará: si tú me miras El seguirá tu mirada y me verá y entonces con que le digas ¡pobrecito! ¡necesita nuestra ayuda!…”.

El reencuentro con su madre

El Padre Alberto Hurtado volvió a Chile en Febrero de 1936. Se había ordenado sacerdote en Bélgica el 24 de Agosto de 1933. Hacía 10 años que había salido de Chile y que no veía a su madre. Inmensa alegría en el encuentro entre ambos. Un año después, el 18 de Marzo de 1937, ella muere. Pero el dolor por la muerte de su madre tan querida no frena su ánimo apostólico porque la siente siempre muy cercana a él, acompañándolo en todo lo que hace.

En su velador, siempre tuvo una foto de su madre.

Murió cantando a María

En sus apostolados tuvo la oportunidad de trabajar con mujeres que lo quisieron mucho y a quienes él también quiso mucho. Y sus más cercanas y preferidas fueron las que colaboraron generosamente con él en el Hogar de Cristo. Buscaba e imaginaba formas siempre novedosas de implicarlas vitalmente en ese amor por los pobres que las acercaría más a Cristo y a María.

Marta Holley, quien escribió un diario desde que el Padre Hurtado fue diagnosticado de gravedad, cuenta que un día le habló acerca de su devoción a María: “La Virgen es la ‘Mamita’. Ámela con toda el alma, es la madre de Cristo y la dispensadora de todas las gracias. Entréguese a ella para que la guíe hacia Dios, siéntase una niñita a su lado. Es nuestra madre”.

El 26 de Julio, día de Santa Ana, patrona de su madre, el Padre Hurtado celebró la misa a las 6.30 de la mañana en la clínica de la Universidad Católica junto a todas las mujeres de la Fraternidad del Hogar de Cristo. Marta Holley escribe que el Padre Hurtado lloró: “Deben perdonarme, estoy tan lloricón, pero me emociono cuando veo a las personas que quiero y ustedes están muy cerquita de mí. Cuánto les agradezco que hayan venido. Otros años no me he atrevido a pedirles que se reunieran en una misa por mi madre para no molestarlas; pero este año la mamá ha estado bien festejada con la asistencia a la Misa y Comunión de todas ustedes. Hoy día para ella es una gran fiesta. Dios las bendiga, Dios las bendiga”. Caían sus lágrimas mientras nos hablaba, recuerda Marta Holley.

Elsa Maffei, otra cercana colaboradora del Padre Hurtado, cuenta que cuando él celebraba misa en la pieza del hospital, a pesar de haber pasado la noche con intensos dolores, su rostro irradiaba felicidad. “Su amor a María lo acompañó hasta sus últimos días; con Ella quería cantar el Magnificat en el momento de su encuentro definitivo con Dios. En medio de sus dolores le cantaba”…

La autora: Josefina Errázuriz Aguirre, fundadora de “Trabajo para un Hermano”, ha participado por décadas en CVX.

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