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El Padre Hurtado, un emprendedor

Escrito por Fundacion Alberto Hurtado

El ímpetu creativo y emprendedor del segundo santo chileno se concentró en el Hogar de Cristo, Acción Sindical y Económica Chilena (ASICH) y la Unión Social de Industriales Católicos (USIC), hoy USEC.

Publicada en el Líbero

“Vale más tener la humildad de emprender grandes tareas con peligro de fracasar, que el orgullo de querer tener éxito, achicándose”.

Esta frase bien podría formar parte de un libro de liderazgo o de una charla motivacional para futuros emprendedores, pero forma parte de una reflexión de San Alberto Hurtado (1901-1952) recopilada en el libro La Búsqueda de Dios y que puede aplicarse perfectamente a su persona. Algunas aristas de su intensa pero corta vida se encuentran en la formación de jóvenes, en la vida académica, en ser un líder de opinión, o en ser uno de los primeros chilenos doctores –¡y en tener dos doctorados!–. Sin embargo, en tiempos en los cuales se confunde solidaridad con acción estatal y se desconfía del actuar de los cuerpos intermedios en la consecución del bien común, una faceta de San Alberto a reivindicar en la actualidad, quizás su gran legado es su carácter de fundador o, incluso, de emprendedor.

El Padre Hurtado fue un emprendedor

Esta frase puede sonar exagerada, como una simplificación y una reducción de la vida y el legado de San Alberto Hurtado –del que se conmemoraron 121 años de su nacimiento el 22 de enero de este año–. Sin embargo, lo cierto es que, sin dejar nunca de lado la vida contemplativa, fue un hombre muy activo –siguiendo la máxima ignaciana de ser “contemplativos en la acción”–, convirtiéndose en un constante fundador e impulsor de asociaciones, lo que en la actualidad sería calificado de “emprendimiento social”. Sin ir más lejos, la palabra “emprender” aparece 39 veces en el buscador del repositorio del Centro de Estudios San Alberto Hurtado de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Él mismo era de la convicción, según señaló en las Semanas Sociales de Cochabamba (Bolivia) en 1950, de que “[h]a llegado la hora en que nuestra acción económico social debe cesar de contentarse con repetir consignas generales sacadas de las encíclicas de los Pontífices y proponer soluciones bien estudiadas de aplicación inmediata en el campo económico-social”, porque “está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien”, sin lo cual “no habéis cumplido vuestro deber”.

De hecho, puesto a elegir entre la formación y la acción social, optaba por la segunda, según señaló al provincial Álvaro Lavín. De esta manera, no sólo fundó el Hogar de Cristo, obra a la que los chilenos le tienen gran cariño, sino que fue uno de los impulsores de la Facultad de Teología de la Universidad Católica, su alma mater, creó la Revista Mensaje y fundó dos asociaciones para el mundo del trabajo: la Acción Sindical y Económica Chilena (ASICH) y la Unión Social de Industriales Católicos (USIC), hoy Unión Social de Empresarios Cristianos (USEC)

En este trabajo se abordará el ímpetu creativo y emprendedor del segundo santo chileno, concentrándonos en el Hogar de Cristo, la ASICH y USEC. Estas tres organizaciones conformarían un único proyecto social, donde el primero constituiría una solución de urgencia a la pobreza, mientras que los últimos se harían cargo de la solución de largo plazo, penetrando el mundo del trabajo, pero todos con un mismo objetivo, de cristianizar la sociedad. 

Los equipos: la juventud católica de los años 30

A la hora de un emprendimiento es crucial elegir “con pinzas” a las personas que los implementarán. En el caso de San Alberto Hurtado, según le propuso a su provincial, “la obra sería dirigida por seglares, bajo su responsabilidad económica e ideológica”, mientras que él “sería el animador espiritual y el propulsor”, algo completamente innovador en el mundo eclesiástico, por lo que es considerado un adelantado al Concilio Vaticano II, que se celebraría una década después de su partida, y que promovería el apostolado laical. Si bien este ya existía, antes dependía de la dirección de la jerarquía eclesiástica. 

Para conseguirlo, se proveyó de un privilegiado grupo conformado por la juventud católica de los años treinta, que participaba en organizaciones como la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos (ANEC) o en la Acción Católica (AC), y buscaban establecer el Reino Social de Cristo según la inspiración de Quadragesimo Anno (1931). Algunos de ellos incursionarían en política, fundando la Falange Nacional (FN) y más tarde el Partido Demócrata Cristiano (DC), constituyendo el momento de mayor desarrollo del asociacionismo católico en Chile.

El Padre Hurtado convocaría a varios de ellos, y en particular a uno de sus más estrechos colaboradores: William Thayer Arteaga (1918-2018), reputado abogado laboralista, ministro durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970), con una relevante carrera en el PDC –truncada luego del golpe militar de 1973–, rector de la Universidad Austral y senador institucional. Él sería un testigo privilegiado del proyecto social que estaba desarrollando San Alberto Hurtado, y participará en dos de las asociaciones que impulsó, fundando la ASICH y USEC. Ese trabajo de toda una vida, de tomar la posta que dejó el Padre Hurtado, lo plasmaría por escrito en diversos artículos y libros. 

San Alberto le encomendaría nada menos que promover la libertad sindical como vía para expresar el sindicalismo católico, porque “[n]o tendría destino el mensaje social de Cristo en el mundo sindical chileno, si no nos abríamos ampliamente a la libertad sindical, que recién en esos años había aprobado la OIT”, para lo cual debía “«[…] preparar un Código del Trabajo fundado en la libertad sindical»”, “un trabajo futuro de difícil realización” que condicionaría el resto de la vida de Thayer, quien diría que, aunque “entre 1950 y 2006, creo haber hecho algo en ese sentido”, “el mandato está inconcluso. Y lo estará siempre, porque la libertad de asociación estará inacabada, mientras” el sindicato, la empresa y la sociedad en su conjunto “no asimilen la profundidad y estrecha vinculación de los pilares en que se sustenta”, según él mismo relata. Ese “mandato” de “preparar un Código del Trabajo fundado en la libertad sindical” sería “una tarea para toda la vida” de Thayer y de quienes “creyeren en la libertad propia del hombre: una creatura hecha para vivir asociada”. 

Otro joven que por esa época será llamado por el Padre Hurtado para su proyecto será Jorge Matetic Fernández (1906-2001), quien era dueño de la empresa Inchalam, y en 1948 será elegido como primer presidente de la entonces Unión Social de Industriales León Harmel, luego Unión Social de Industriales Católicos (USIC), y hasta hoy Unión Social de Empresarios Cristianos (USEC). En ese sentido, si el objetivo de la asociación era penetrar el mundo del trabajo desde la plana mayor –los “patrones de industrias”, hoy los empresarios–, quién mejor que un emprendedor como Matetic, quien con los años constituiría un imperio empresarial que continuarían sus hijos y nietos, quienes seguirían participando en USEC hasta hoy.

El padre de Matetic Fernández llegaría a Chile –concretamente a Punta Arenas– desde Croacia, en ese tiempo parte del Imperio Austro-Húngaro, comenzando con “una fábrica de colchones y después se dedicó al comercio, levantando lo que hoy sería una pequeña multitienda, con de todo un poco, que llegó a tener importancia en Punta Arenas”. Esa experiencia emprendedora le servirá para fundar en 1947 Inchalam junto a su hermano Víctor y Juan Conrads, empresa que será el germen del holding familiar, y también para ser quien articule a los empresarios católicos de Chile cuando no existía ninguna organización del tipo en Latinoamérica y unas cuantas en Europa –“[s]u condición de pionera le permitió ayudar a organizarse y contactar a las nacientes organizaciones de empresarios cristianos en países como Argentina, Uruguay, México, Ecuador, Brasil, Colombia y Bolivia”–, ambas vocaciones que heredará a sus hijos y ellos a sus nietos.

El Padre Hurtado, en una audiencia en octubre de 1947, le resume muy bien al Papa Pío XI el trabajo del proyecto social que quería emprender con los jóvenes católicos que le seguían, quienes buscaban “realizar la acción social con plena sumisión a la jerarquía y fuera de la política de partidos”.La obra tendría varios fines: 1) “preparar dirigentes obreros, para que ellos lleven el pensamiento de la Iglesia al seno de los sindicatos, con los métodos de la ACCLI (Acción Católica Italiana)”, en lo que sería la ASICH; 2) “preparar a los patrones jóvenes en la doctrina social”, a cargo de USEC; 3) “hacer investigaciones serias sobre la realidad nacional, como medio de formación personal y a fin de conseguir un mejoramiento en la suerte de los trabajadores, y prolongar estas ideas por medio de círculos de estudios, Semana Social”, en ambas asociaciones; y 5) la Revista Mensaje, que nacerá en 1951. “Esta tarea va a ser difícil, pero con la bendición de V.S., se luchará con la confianza de trabajar por el advenimiento del Reino de Dios en esta América que hay que conservar para Cristo”, le explicaba Hurtado.

El Hogar de Cristo, el primer emprendimiento

La primera gran obra de San Alberto Hurtado, por la cual será reconocido varias décadas después de su muerte y que fue un importante inspirador de su fama de santidad, fue el Hogar de Cristo. Antes de esta etapa entre 1944 y 1952, dedicada a la fundación de organizaciones sociales católicas, Hurtado habría trabajado en la Acción Católica (AC) como formador de muchos jóvenes que después participarán en sus proyectos. 

“El 22 de octubre de 1944, El Padre Hurtado publicó en El Mercurio y en El Imparcial la misma columna en que llamaba a realizar una obra ‘para los que no tienen techo’. Este documento, con razón, es considerado el punto de referencia inicial para conocer las circunstancias de la fundación del Hogar de Cristo”. 

En aquella época la vivienda para los más pobres era una verdadera urgencia social: en Chile había 5.000 niños vagos, según una noticia de El Diario Ilustrado fechada el 2 de febrero y que Hurtado debió conocer, porque “en varios documentos cita la misma cifra”, claramente escandalosa, que se sumaba a los déficits de vivienda en las clases obreras, tema que fue ampliamente discutido en la sociedad chilena de los años 40. Para enfrentar este grave problema social, una importante labor desarrollaba el Ejército de Salvación, y algunos albergues católicos que precedieron al Hogar de Cristo.

El P. Samuel Fernández, uno de los más importantes estudiosos del jesuita, explica que “[a] partir del año 1944, en los manuscritos del Padre Hurtado, se encuentran descripciones muy vívidas de los dolores humanos, particularmente de la guerra, de los trabajos duros y de la pobreza, y una fuerte insistencia en que el cristiano debe experimentar los dolores ajenos como si fueran propios […]”. Para San Alberto Hurtado la pobreza no era sólo un problema social; de hecho, estas reflexiones remitían “a la teología del Cuerpo Místico”. 

El nombre “Hogar de Cristo”, utilizado por primera vez el 17 de diciembre de ese año, hace referencia a la afirmación hurtadiana de que “el pobre es Cristo”. “Esta doctrina [del Cuerpo Místico] desplegará nuevas consecuencias, a partir de los dos decisivos encuentros, aludidos más arriba, que San Alberto Hurtado experimentó como encuentros con Cristo mismo”, el segundo de ellos “se produce durante los días que predicaba un retiro a señoras en el Apostolado Popular, y es el antecedente inmediato de la inspiración de fundar el Hogar de Cristo”:

“Impresiona la rapidez de los acontecimientos: el encuentro con el mendigo fue el 18 de octubre, a medianoche, la inspiración de fundar el Hogar fue el 19, en la tarde, el 20 de octubre recibió la bendición del Cardenal para su nuevo proyecto y el mismo día 20, propone la idea de un hogar para indigentes en la reunión del Consejo Nacional de la Acción Católica”.

El Hogar de Cristo marcará un antes y un después en la acción social en Chile, contribuyendo a su profesionalización. “En 1955 comienza la expansión de la fundación al resto del país […]”, momento desde el cual “supera[rá] ampliamente sus objetivos, y gracias a una muy eficiente y efectiva generación de recursos, logra[rá] […] abarcar muy distintas áreas de acción social”. De esta manera, “con el tiempo llega[rá] a atender a enfermos terminales, ancianos desvalidos, niños con problemas de adicción de drogas, personas desempleadas, etcétera”. Y no sólo eso, sino que se expandirá por América, ya que los jesuitas fundarán instituciones deudoras de la hurtadiana en países como Argentina, Ecuador, Perú o Uruguay.

La ASICH: penetrar el mundo obrero y sindical

El siguiente proyecto iría un paso más allá. Como dijera Juan Pablo II cuatro décadas después, el trabajo es el “centro mismo de la «cuestión social»”, de manera que, aunque el Hogar de Cristo fuera muy necesario, había que subir un escalón si se quería contribuir a resolver el problema de la cuestión social, el cual no sólo es económico, sino moral y espiritual. La propuesta hurtadiana irá en esa línea, imaginando una central formadora de trabajadores y dirigentes sindicales, que los prepare en el ámbito propio del sindicalismo –en el cual Hurtado era experto–, pero también en la doctrina social de la Iglesia que hiciera de base y fundamento para la acción social. Esa asociación será la ASICH, la Acción Sindical y Económica Chilena.

La ASICH será fundada el 13 de junio de 1947, día del Sagrado Corazón, por el Padre Hurtado junto a “numerosas personas ligadas a la filosofía socialcristiana, que en su mayoría fueron profesionales, estudiantes universitarios y empleados”. El primer presidente será Ramón Venegas, arquitecto y profesor de la Universidad Católica (UC), y junto a José Goldsack encabezará el primer directorio. Con ellos estarán el ya citado William Thayer, joven abogado y primer asesor legal, Rodolfo Valdés, primer tesorero, y el secretario personal del jesuita, Manuel Naranjo.

Su fundación quedaría en stand by hasta la aprobación pontificia de Pío XII. En medio del viaje de Hurtado a Europa, realizado a fines de 1947, pudo conocer no sólo la experiencia de organizaciones obreras católicas, sino que también patronales. Por eso, la propuesta al Pontífice incluirá ambos brazos de la relación laboral, uno a cargo de la ASICH y el otro de USEC, que sería creada pocos meses después.

A pesar del éxito inicial de la ASICH, por distintas razones el proyecto no prosperará. Por de pronto, la falta de libertad sindical a la cual nos referimos más arriba, dificultaba arrebatarle el movimiento sindical al marxismo, que de acuerdo con el Memorial a Pío XII controlaría el 90% de los sindicatos del país al momento de crearse la ASICH. 

Al mismo tiempo, no había consenso al interior de la asociación respecto del enfoque de su trabajo, si debía seguir siendo una formadora de dirigentes o convertirse en un gran sindicato cristiano. Esta discusión, en parte, sería influenciada por su incorporación a la Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos (CISC), pero también por la “diferencia de criterios” entre Ramón Venegas –partidario del sindicato– y William Thayer –defensor del “parasindicato”, fiel a la identidad fundacional–. Esa “diferencia de criterios” tenía expresión en una dualidad en la estructura y en el trabajo de la organización, funcionando tanto como escuela sindical como interviniendo en movilizaciones obreras. La diferencia se tornará en conflicto, dejando Thayer la ASICH en 1955, lo que gatilló no sólo el quiebre sino el fin de la ASICH.

USEC: el desafío de formar a los empresarios

Probablemente la obra menos conocida de San Alberto Hurtado –y que no cuadra con el mito que se ha cultivado en torno a su figura– es la que promovió entre los empresarios, lo cual es bastante paradójico, ya que es de las pocas que permanece hasta nuestros días. Su misión parece un oxímoron: si formar a los empresarios y ejecutivos en la doctrina social de la Iglesia (DSI) ya es una tarea ambiciosa, piénsese si eso se hace con el objetivo de “mejorar la suerte de los trabajadores”. Sin embargo, si se medita unos minutos, es un objetivo muy necesario. Además, para cristianizar el mundo del trabajo, la preparación de los obreros y dirigentes sindicales no es suficiente: la vía más efectiva, aunque ardua, es la de formar adecuadamente la plana mayor y que ese espíritu permee las capas inferiores de la empresa. 

Eso es lo que vio claramente el Padre Hurtado –según le solicitara al Papa Pío XII una “gracia especialísima”– lo que lo motivó en 1948 a fundar el brazo patronal que complete su proyecto social, la Unión Social de Industriales Católicos (USIC). El 24 de mayo de ese año convocaría a un grupo de jóvenes “industriales”, quienes, encabezados por Jorge Matetic, dirigirían el apostolado social de los “patrones de industrias”, el cual, con sus constantes y variantes, se mantendrá por más de siete décadas, a pesar de la temprana desaparición de su “hermana mayor”, la ASICH. 

A diferencia de la ASICH y el Hogar de Cristo, San Alberto no participará directamente en USEC y su impulso de éste será más indirecto, pero no por eso inexistente. En la Asamblea General de Socios de la USIC de 1950, Hurtado señalaría que “[e]l patronato católico tiene que emprender esta labor: acercar el ‘orden’ social actual a la concepción cristiana del orden social. El sacerdote solo puede recordar los principios a la feligresía; son los laicos los llamados a proporcionar las soluciones prácticas; es el técnico, el patrón católico, quien puede efectuar las realizaciones […]”. 

Según Rolando Medeiros, San Alberto Hurtado “apostó por la humanización de la sociedad desde la empresa, y se abocó a la formación tanto de dirigentes tanto sindicales como de empresa sustentada en la doctrina social de la Iglesia”. De hecho, en 1951 el mismo Hurtado destacaría el trabajo de USEC, señalando en la Revista Mensaje que “la Unión Social de los Industriales Católicos, bajo las firmas de su presidente y de su Secretario […] dan a conocer los benéficos resultados de la aplicación de las doctrinas pontificias que los industriales católicos han podido constatar en sus empresas”.

William Thayer explica que USEC, desde su fundación, estuvo vinculada “a la iniciativa y compromiso” de San Alberto con el Papa, “como consta en el párrafo 28 del memorándum”. Él era de la convicción de que “no puede caber duda a nadie, […] si el Padre [Hurtado] pidió como gracia especialísima al propio Sumo Pontífice, su bendición para consagrar sus esfuerzos a la formación en la doctrina social de la Iglesia de líderes obreros y jóvenes patrones, no iba a dejar incumplido el 50% de este compromiso, que él mismo fue a solicitar y que, por razones evidentes, consustanciales a la eficacia del plan social emprendido, no asumió ambas capellanías”. 

Una de las razones por las cuales USEC ha subsistido en el tiempo hasta nuestros días, a diferencia de la ASICH, es porque encontró muy buenos aliados internacionales: la Unión Internacional Cristiana de Dirigentes de Empresa (UNIAPAC) venía desde 1931 coordinando el trabajo de las asociaciones de empresarios cristianos en Europa. De esta manera, el nacimiento de USEC facilitaría la creación de asociaciones hermanas en Latinoamérica –siendo las más relevantes la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa de Argentina (ACDE) y la Unión Social de Empresarios de México (USEM)–, expandiendo así el movimiento de empresarios cristianos a lo largo y ancho del continente americano, y que hoy está presente en los cinco continentes. 

Conclusiones

Como hemos citado al comienzo de este trabajo, el Padre Hurtado señalaba que “[v]ale más tener la humildad de emprender grandes tareas con peligro de fracasar, que el orgullo de querer tener éxito, achicándose”. 70 años después del fallecimiento del santo y, especialmente en estos tiempos, nos parece relevante reivindicar su obra emprendedora.

Con todo, su obra ha tenido tanto éxitos como fracasos. Por el lado de éstos, la ASICH se disolvió al poco tiempo de que el Padre Hurtado dejara esta vida –y por conflictos internos–, y la Acción Católica (AC) que tanto impulsó ya no existe. Por el contrario, el Hogar de Cristo es líder en su tipo en Latinoamérica, la Revista Mensaje sigue influyendo en la vida pública, y USEC es un referente para los empresarios cristianos de Hispanoamérica, pero aún le queda mucho por crecer. 

Pero nadie puede negar que fueron “grandes tareas”: hacerse cargo de los más pobres como si de Cristo se tratara, formar a los obreros y dirigentes sindicales en la doctrina social de la Iglesia (DSI), hacer lo propio con los dirigentes patronales, difundiendo una mirada católica del orden social en el mundo del trabajo y la discusión pública, en pocas palabras, cristianizar el mundo. Tarea titánica y que nadie es capaz por sí solo de alcanzar: 

Como señalara William Thayer, “[e]l padre Hurtado cumplió su parte y trazó la ruta en los cuatro años que mediaron desde su regreso a Chile, con la aprobación pontificia para su tarea apostólica (1948) y prematura muerte. Falta la parte nuestra en esa tarea”.

*José Tomás Hargous Fuentes es periodista y Magíster en Estudios Políticos, Universidad de los Andes. Master (c) en Gobierno y Cultura de las Organizaciones, Universidad de Navarra. Jefe de Contenidos de USEC, Unión Social de Empresarios Cristianos.

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