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En el Día de la Mujer: La vida de dos grandes luchadoras sociales

Escrito por Fundacion Alberto Hurtado

En el Día Internacional de la Mujer queremos realizar un homenaje a todas aquellas mujeres que han trabajado y siguen trabajando incansablemente por aliviar a los pobres en nuestro país. Lo hacemos a través de las vidas de Marta Álvarez y Elena Chaín, quienes fueron colaboradoras del Padre Hurtado.

Marta Álvarez: renunció a sus bienes y dio su vida por los más pobres

“Marta Álvarez (1911-2000) nació en un medio privilegiado. Tuvo bienes y, sin embargo, los entregó con total desprendimiento para ayudar a los más pobres. Se fue a vivir a la Población Los Nogales, siguiendo una sugerencia del Padre Hurtado y de allí nunca más volvió a salir. Todo por fidelidad a Jesús.

Marta Álvarez fue una mujer de intensa vida de Iglesia. Siempre como laica, pues esa fue su opción. De carácter fuerte, quiso ser una más en la miseria y a pesar de su pasado acomodado, al que renunció voluntariamente, entendió su vida como la de una pobladora que estaba al servicio de los demás, especialmente de los enfermos.

Su generosidad y desinterés por los bienes materiales benefició a muchos. Gracias a ellas las comunidades de las parroquias de Jesús Obrero, Santa Cruz y Jesús de Nazareth tuvieron la oportunidad de contar con campamentos vacacionales en la costa, en el sector de Las Cruces. También y por ese mismo compromiso social que adquirió cuando decidió seguir los pasos de Cristo en este mundo donó pertenencias y dinero a la Escuela María Goretti.

De mucha oración diaria, Marta abrió su corazón al mensaje del Padre Hurtado. Vivió en una casa que le construyó uno de sus hermanos en la población Los Nogales y al final de su vida disponía de muy poco. Aunque era profesora, se ganaba la vida tejiendo para los demás y durante un tiempo se empleó como modesta auxiliar en una escuela.

En una carta fechada el 12 de octubre de 1951 al jesuita Enrique Álvarez, hermano de Marta, el Padre Hurtado escribió: “Marta te contará lo que está haciendo con tanta abnegación y naturalidad”. Se refería a su fuerte apoyo en la formación de las comunidades en la parroquias del sector y a que, gracias a sus estudios en la Cruz Roja, dedicaba tiempo y cuidados a los enfermos de su población.

Elena Chaín: una monja de población

En estas líneas publicadas el año 2012, Jorge Costadoat SJ relata: “El domingo antepasado sepultamos a una mujer que no fue una monja cualquiera. Fue una monja de población”.

“El año 1965 -puede ser que me equivoque en la fecha- el personal pastoral de la iglesia de Santiago puso en un gran papelógrafo el mapa de la ciudad. En él se destacaba con pinchos dónde se ubicaba el clero y las religiosas. La gran mayoría se concentraba en los sectores pudientes de Santiago. A impulsos del Concilio Vaticano II, tras constatarse esta injusta distribución de los consagrados, las religiosas iniciaron un éxodo masivo a las poblaciones más pobres. Dejaron los colegios de clase alta. Partieron a meter las botas en el barro.

Desde entonces hasta hoy, esta clase de monja lo ha sido todo: enfermera, dirigenta poblacional, caudilla, educadora, jefa de la olla común, catequista, vendedora de bingos, rondín, confidente, sacerdote y mamá… A los largo de estos años se corrió la bola. Los perseguidos, los hambrientos, los enfermos, los drogadictos, los alcohólicos, las adolescentes embarazadas, los inmigrantes, los sin techo, cualquiera, se han refugiado en sus casas.

Las poblaciones que han contado con una Elena Chaín, han podido pasar el invierno protegidas. Esta monja de la congregación del Amor Misericordioso las representa a todas. La recuerdan con lágrimas en El Montijo, Cerro Navia… Participó en la Toma de Peñalolén y fundó allí la comunidad Enrique Alvear. Con tenacidad y alegría, enseñó a los adultos a leer la Biblia. La desconocían. Apenas siquiera juntaban palabras. Ella no hizo distinción entre casados y recasados. Tampoco entre los que tenían fe y los que no. Trató a todos como a iguales. Su casa era un entrar y salir de gente. Los últimos años, ya vieja y enferma, sobrecargada de penas ajenas, llegaba a la misa envuelta en lanas. Poco después, a los ochenta años, partió de misionera a La Serena.

¿Por qué todo este recuerdo? Bien podría guardarme un reconocimiento que tiene mucho de personal. También podría ahorrarme estas palabras de elogio a una generación de religiosas con quienes re-comenzó el cristianismo. La Vicaría y las monjas de población, en mi opinión, son lo mejor de la Iglesia chilena del postconcilio”.

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