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Los últimos días del Padre Hurtado

Escrito por Fundacion Alberto Hurtado

En febrero de 1952 el Padre Hurtado escribió una carta a Gabriela Mistral pidiéndole un artículo para la revista “Mensaje” y ese mismo mes celebró que la Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos (CISC) aceptara a la ASICH como afiliada. Sin embargo, se sentía débil y enfermo. Así fueron sus últimos meses y días, y así es el testimonio que nos dejó.

El 15 de abril de 1952 el Padre Hurtado viajó a Talca a predicar en las bodas de plata sacerdotales de su gran amigo Manuel Larrain. Se sentía muy mal. Hizo el viaje por tierra, acompañado por Bernardino Piñera. Este cuenta que en el trayecto “varias personas se sucedieron en el asiento vecino al del Padre, sin duda para pedirle consejo. En un momento dado, el Padre Hurtado me pidió que me sentara cerca de él, pero que no le hablara, porque estaba agotado y no habría podido atender una persona más, pero no se separó de su alegría y de su caridad fraterna”, cuenta Mons. Bernardino Piñera. En la Misa pronunció la homilía, acerca del sacerdocio, pero se le notaba enfermo.

El 21 de abril, Marta Holley, amiga y colaboradora en el Hogar de Cristo, casada con el Dr. Ricardo Benavente, comienza su diario sobre la enfermedad del Padre Hurtado. Anota: “…se ha estado sintiendo mal. Temo lo peor. El se da cuenta que puede ser el comienzo del fin”.

El 3 de mayo el Padre Hurtado viaja a Algarrobo para descansar. Se queda en la casa de su prima María Hurtado Valdés. Sin embargo, unos días más tarde, el 15 de mayo, pide que lo vayan a buscar porque se siente muy mal. Lo va a buscar el vice provincial de la Compañía de Jesús y lo lleva a Loyola, ubicada en la comuna que hoy lleva su nombre.

El 19 de mayo celebra su última misa la casa Loyola en Marruecos. Lo trasladan a su pieza en el Colegio San Ignacio. Se le diagnostica poliflebitis y se le prescribe reposo absoluto. Dos días más tarde, el 21 de mayo, a las 15 horas sufre un infarto pulmonar, y a las 19 tiene otro más suave. Pide y recibe la Unción de los enfermos, en medio de gran alarma en la casa y entre sus amigos.

El 29 de mayo, Marta Holley escribe en su diario que su marido, el Dr. Ricardo Benavente, le ha dicho que el P. Hurtado no tiene un mes de vida por delante.

El 5 junio es trasladado a la clínica de la Universidad Católica donde el diagnóstico de cácer de páncreas es confirmado. Avanzan los días con mucho sufrimiento físico para él. Pero decía: “¡Cómo no voy a estar contento! ¡Cómo no estar agradecido de Dios! En lugar de una muerte violenta me manda una larga enfermedad para que pueda prepararme. No me manda dolores. Me manda el gusto de ver a tantos amigos, de verlos a todos. Verdaderamente Dios ha sido para mí un Padre cariñoso, el mejor de los padres”.

El 20 de julio sufre un nuevo infarto pulmonar. El 22 de julio una junta de médicos del Hospital de la Universidad Católica, donde sigue está internado, concluye que ya nada se puede hacer por recuperar su salud. El 25 de julio se le hace saber que su mal es incurable y él recibe la noticia con gran alegría. Llama al Padre Lavín, provincial de la Compañía de Jesús, para comunicárselo.

En la tarde lo visita el Dr. Armas Cruz y él le dice: “El Patrón me llama y aquí estoy listo y feliz”. Ese día lo visita por primera vez el Dr. Lorenzo Cubillos. “Le pregunté cómo se sentía y me desconcertó con su respuesta cuando me dijo: ‘Doctorcito, acaba de visitarme el Dr. Armas Cruz y me ha dicho que tengo un cáncer al páncreas que se me ha propagado al hígado. Esto es incurable y me queda más o menos un mes de vida’. Parecía que estuviese hablando de otra persona y no de él. Prosiguió: ‘Estoy como un viajero en el andén de la estación con las maletas listas, esperando que pase el tren en el que viene a buscarme el Patroncito, ayúdeme a rezar para que me encuentre preparado'”. “Al salir de la pieza lo hice con la sensación de haber hablado con un santo”. “En más de 25 años de profesión no he visto un caso similar”. (Testimonio de su enfermedad y muerte, p. 95.)

Marta Holley escribe en su diario que el Padre Hurtado expresa constantemente su gratitud a Dios por la forma en que lo prepara para el encuentro final con Él. Le dice que la gran sabiduría es ponerse por completo en sus manos. Le pregunta por su devoción a la Virgen. Le pide que nunca pierdan la devoción al pobre en el Hogar de Cristo y da instrucciones a la Fraternidad del Hogar que nunca dejen de preocuparse por servir a los pobres y ver a Cristo en ellos.

El 26 de Julio, día de Santa Ana, patrona de su madre, el Padre Hurtado celebró la misa a las 6.30 de la mañana en la clínica de la Universidad Católica junto a todas las mujeres de la Fraternidad del Hogar de Cristo. Marta Holley escribe que el Padre Hurtado lloró: “Deben perdonarme, estoy tan lloricón, pero me emociono cuando veo a las personas que quiero y ustedes están muy cerquita de mí. Cuánto les agradezco que hayan venido. Otros años no me he atrevido a pedirles que se reunieran en una misa por mi madre para no molestarlas; pero este año la mamá ha estado bien festejada con la asistencia a la Misa y Comunión de todas ustedes. Hoy día para ella es una gran fiesta. Dios las bendiga, Dios las bendiga”. Caían sus lágrimas mientras nos hablaba, recuerda Marta Holley.

Elsa Maffei, otra cercana colaboradora del Padre Hurtado, cuenta que cuando él celebraba misa en la pieza del hospital, a pesar de haber pasado la noche con intensos dolores, su rostro irradiaba felicidad. “Su amor a María lo acompañó hasta sus últimos días; con Ella quería cantar el Magnificat en el momento de su encuentro definitivo con Dios. En medio de sus dolores le cantaba”…

Tres días antes de morir su amigo Manuel Larraín le preguntó: ¿Tienes miedo a la muerte? Y el Padre le respondió: “La espero con inmensa alegría, Manuel, y le he pedido con insistencia a la Virgen que me venga a buscar cuanto antes”. El día 18 de   agosto, a las 6 am su primo Carlos González Cruchaga celebra misa en su pieza.

Hacia el mediodía, lo visitan unos niños del Hogar de Cristo. “No podía hablar, pero nos quiso tener cerca de él y se despidió con su mirada y con su sonrisa bondadosa. Yo guardo un recuerdo imborra­ble de ese último encuentro”, contó después uno de sus niños, Mariano Morales.

A las 14 horas comienza a agonizar. “El último gesto visible de que aún seguía consciente, fue el levantar débilmente las manos y los brazos, cuando el Padre Alvarado, junto a él, le encomendaba a la Virgen”. Murió a las 5 de la tarde.

 

 

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