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“Somos ciudadanos del cielo, no del suelo” 

Navidad es un tiempo de nuevos comienzos: un Niño ha nacido, un Niño se nos ha dado. Guerra en Palestina e Israel, en Ucrania y Rusia; en Chile un plebiscito que, seamos de la posición que seamos, nos ha dejado con un gusto amargo en la boca, sobre todo por la poca voluntad para el diálogo que mostraron las distintas partes. Un año lluvioso como no lo había hace muchos, por lo que damos gracias a Dios. 

A nivel familiar y personal, quizás hemos tenido grandes alegrías en nuestra familia: un hijo que se graduó, un logro personal, algo inesperado que nos ha alegrado el año. O tal vez ha sido un año de luchas, difícil, de esos años que “tiran a negros”, como les dicen. 

¿Y ante todo esto, qué ha hecho Dios?  

«Un niño nos ha nacido, 
un hijo se nos ha dado: 
lleva a hombros el principado, y es su nombre: 
Maravilla del Consejero, 
Dios guerrero, 
Padre perpetuo, 
Príncipe de la paz» (Is 9, 5). 

¡Las maneras del mundo son tan diferentes a las maneras de Dios! ¡En vez de solucionarnos los problemas, nos manda un Niño!  

Quizás, ante la discusión constitucional, o ante los problemas de nuestra vida, caemos en la tentación de imaginarnos un mundo perfecto. Un mundo en que nos sintiéramos cómodos siempre, en que las cosas funcionaran sin nunca echarse a perder. Como un reloj.  

Se nos olvida aquello que los primeros cristianos tenían claro: que estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Nunca nos terminaremos de sentir cómodos en esta vida. Todas esas luchas, esas incomodidades, esos deseos, dolores, anhelos y nostalgias que nos recuerdan que no somos de acá. Incluso las alegrías verdaderas, que nos hacen percibir que anhelamos una alegría plena, total, que no se acabe nunca. Como decía nuestro Padre Hurtado: “somos ciudadanos del cielo, no del suelo”. 

No somos de este mundo. Nos lo recuerda el día de San Esteban, primer mártir, que celebramos el día después de Navidad, 26 de diciembre. Algo nos quería decir Dios: la cruz siempre estará en nuestro horizonte, y luego la resurrección. 

Y por eso, en respuesta a todas nuestras preguntas, Dios nos envió un Niño, para que nos dejemos transformar por su ternura en este tiempo de Navidad, que culmina el día del Bautismo del Señor, que el 2024 celebraremos el día 7 de enero. 

Para terminar este año con visión de eternidad, los dejamos con uno de los textos más bellos del Padre Hurtado: “Mi vida, un disparo a la eternidad”. 

¡Feliz Navidad! Y nos volvemos a ver en marzo del 2024. Ha sido una alegría y un privilegio caminar con ustedes. 

****************** 

Pedimos heroísmo a los cristianos, y ¡tanto heroísmo! ¿En qué se basa esta exigencia? En la visión de eternidad de la vida. Uno es santo o burgués, según comprenda o no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado en este mundo, para quien su vida sólo está aquí. Todo lo mira en función del placer. La vida para él es un limón que hay que exprimir hasta la última gota; una colilla de cigarro que se fuma con fruición, sin pensar que luego quedará reducido a una colilla… Burguesa es la mentalidad opuesta en todo al cristianismo: es resolver los problemas con sólo el criterio del tiempo. ¡Aprovecha el día! Goza, goza… 

Despertemos en nosotros ese sentido de lo divino, que se fundará en un conocimiento exacto de mis relaciones con Dios. ¡Dios! ¡Cómo ensancha el alma ponerse a meditar estas verdades, las mayores de todas! Es como cuando uno se pone a mirar el cielo estrellado en una noche serena. La razón nos lleva a Dios. Todo nos habla de Él: el orden, la metafísica, el acuerdo de los sabios, los santos y los místicos. Él es el que es: “Yo soy el que soy”.  

La naturaleza de Dios: Santo, Santo, Santo; armonía, orden, belleza, amor. Dios es Amor; Omnipotente; Eterno. Pensemos cuando el mundo no existía… Imaginemos el acuerdo divino para crear… El primer brotar de la materia. La evolución de los mundos. Los astros que revientan. Los millones de años. “Y Dios en su eternidad”.  ¡Todo depende de Dios!, y, por tanto, ¡la adoración es la consecuencia más lógica de mi dependencia total! 

La oración, que a veces nos parece inútil, ¡qué grande aparece cuando uno piensa que es hablar y ser oído por quien todo lo ha hecho! A Dios que no le costó nada crear el mundo ¿qué le costará arreglarlo?, ¿qué le costará arreglar un problema cualquiera? Tanto más cuanto que nos ama: ¡Nos dio a su Hijo! (cf. Jn 3,16). A veces un desaliento porque no comprendo a Dios, pero, ¿cómo espero comprenderlo, yo que ni comprendo sus obras? Consecuencia: mucho más orar que moverme. Además que en el moverme hay tanto peligro de activismo humano. 

¿Y yo? Ante mí la eternidad. Yo, un disparo en la eternidad. Después de mí, la eternidad. Mi existir, un suspiro entre dos eternidades. Bondad infinita de Dios conmigo. Él pensó en mí hace más de cientos de miles de años. Comenzó, si pudiera, a pensar en mí, y ha continuado pensando, sin poderme apartar de su mente, como si yo no más existiera. Si un amigo me dijera: los once años que estuviste ausente, cada día pensé en ti, ¡cómo agradeceríamos tal fidelidad! ¡Y Dios, toda una eternidad! 

¡Mi vida, pues, un disparo a la eternidad! No apegarme aquí, sino a través de todo mirar a la vida venidera. Que todas las creaturas sean transparentes y me dejen siempre ver a Dios y la eternidad. A la hora que se hagan opacas me vuelvo terreno y estoy perdido. 

Después de mí la eternidad. Allá voy y muy pronto. Cuando uno piensa que tan pronto terminará lo presente uno saca la conclusión: ser ciudadanos del cielo, no del suelo. 

“¿Y yo? Ante mí la eternidad… mi vida un suspiro entre dos eternidades… Mi vida pues, un disparo a la eternidad”. 

En el momento de la muerte, “aquello que está escondido aparecerá”; todo el mal y todo el bien, todas las gracias recibidas. “¿Qué diré yo, entonces?”. Esto tan pronto se presentará. Al reflexionar en mi término, en mi destino eterno, no puedo menos de pensar… ¿Cuál es mi fin? ¿Adquirir riquezas? No. ¡Cuántos no podrían alcanzar su fin! ¿Alcanzar comprensión de los seres que me rodean? ¿En guardarlos junto a mí?… Todo esto es digno de respeto, pero no es mi fin. El fin de mi vida es Dios y nada más que Dios, y ser feliz en Dios. Para este fin me dio inteligencia y voluntad, y sobre todo libertad. 

¡Vivir, pues, en visión de eternidad! Cuánto importa refrescar este concepto de eternidad que nos ha de consolar tanto. La guerra, los dolores, todo pasa ¿Y luego? Nada te turbe, nada te espante, ¡Dios no se muda! Y después de la breve vida de hoy, la eterna. ¡Hijitos míos! No os turbéis. En la casa de mi Padre, hay muchas moradas (cf. Jn 14,2). La enseñanza de Cristo está llena de la idea de la eternidad. 

Consecuencia de mi visión de eternidad: Acordarme frecuentemente. “Somos ciudadanos del cielo” (Flp 3,20) “Donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón” (cf. Mt 6,21). Alegrarme de tener que ir allá. No temo la muerte, porque es el momento de ver a Dios. Sé que mis males tienen término y que mis aspiraciones lograrán su objeto. 

De aquí, generosidad, desprendimiento, heroísmo. Todo tiene premio… 

De aquí la íntima comprensión que nada hay más grande que tratar con Dios, que Dios es la gran realidad, en cuya comparación las otras realidades no merecen tal nombre. El que trata con Dios, trata con la auténtica, gran realidad. ¡De aquí el santo, el pacificado, el sereno, el alegre, ilumina su vida con el recuerdo del cielo! 

(San Alberto Hurtado, “Mi vida un disparo a la eternidad”. En: Un fuego que enciende otros fuegos) 

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