Haremos un alto en nuestra serie sobre el archivo para reflexionar sobre el Mes de María, de mano de nuestro amigo Ian Henríquez.
Una amiga de mi hija en cierta ocasión me confidenció lo siguiente: desde pequeña participaba con mucho fervor en el Mes de María, y cantaba con gran devoción y entusiasmo, a todo pulmón “Venid y vamos todos con flores amarillas” (En Chile, durante el Mes de María se suele cantar un himno mariano que comienza: “Venid y vamos todos, con flores a María”). Sólo años más tarde, cuando aprendió a leer y llegó a sus manos un cancionero, le llamó la atención la discordancia, puso atención a lo que entonaba el resto, y se dio cuenta de su inocente y pueril error. En lo que a mí concierne, no creo que se haya tratado de un error, sino más bien de una luminosa inspiración.
Amarillas son las flores del aromo. Este magnífico árbol tiene la particularidad, casi milagrosa, de florecer todavía en invierno. Montes nevados en Chile, con aromos en el entorno, resulta ser un paisaje especialmente bello que invita a la gratitud y a la contemplación. Es, por lo mismo, un signo de fortaleza y esperanza. Aún en medio de la más destemplada adversidad, emerge esta flor radiante, perfumada y frondosa.

¿Y a quién desde pequeños recurrimos en nuestra adversidad? ¿En pecho de quién buscamos en la infancia reposar?
La devoción mariana es una devoción tan profunda como sencilla, de una frágil ternura filial, que cimenta una confianza que empuja a la audacia. «Hagan lo que Él les diga»; «¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?».

Alberto, el sindicalista, el calichero, el profesor universitario, el líder de juventudes, el ensayista, el arquitecto y constructor, el del Hogar de Cristo y de la ASICH, era ante todo un fervoroso mariano: «La devoción a Nuestra Señora es un elemento esencial en la vida cristiana. El alma cristiana está llena de esta devoción» (“María modelo de cooperación”). Alberto lo sabía: la devoción mariana, personal, parvularia en su simpleza, es camino de santidad:
«¡Madre mía querida y muy querida!
Ahora que ves en tus brazos a ese bello Niño
no te olvides de este siervo tuyo,
aunque sea por compasión mírame;
ya sé que te cuesta apartar los ojos de Jesús
para ponerlos en mis miserias,
pero, Madre, si tú no me miras,
¿cómo se disiparán mis penas?
Si tú no te vuelves hacia mi rincón,
¿quién se acordará de mí?
Si tú no me miras,
Jesús que tiene sus ojitos clavados en los tuyos, no me mirará.
Si tú me miras, Él seguirá tu mirada y me verá
y entonces con que le digas
“¡Pobrecito! necesita nuestra ayuda”;
Jesús me atraerá a sí y me bendecirá
y lo amaré y me dará fuerza y alegría,
confianza y desprendimiento.
Me llenará de su amor y de tu amor
y trabajaré mucho por El y por Ti,
haré que todos te amen
y amándote se salvarán.
¡Madre! ¡Y sólo con que me mires!»
Piedad, devoción, no es pietismo ni evasión. Alberto también ha sido en ello muy claro:
Estamos empapados en una miseria que ha llegado al último extremo […] Nuestra devoción a la Virgen, ¿no debiera llevarnos a preguntar cómo podemos solucionar este problema? Nuestra devoción vacía y piedad estéril; en vano vuestra Madre se aparece a los pobres si vosotros no dais caridad. La primera manifestación de amor que sea caridad en palabra, juicios, desprendimientos, en obras de justicia.
El mundo tiene sus ojos puestos en nosotros. Acordémonos que somos cristianos y que el mundo nos mira. Temo que nuestra piedad sea en gran parte sólo sentimental, hojarasca, y no la misericordia de Cristo. Caridad en honor de la Virgen Santísima. Vosotros, ¿vais al tope de vuestra caridad? Tan ‘bueyes’ que somos los católicos, tan dormidos, tan poco inquietos por la solidaridad social. Todas dificultades, tropiezos, escándalos…Ojalá que nuestra devoción a la Virgen nos traiga ternura de mirar al cielo y trabajar en la tierra porque haya caridad y amor. Dios quiera llevarnos al cielo por medio de Ella, la Mensajera del padre, la Madre de todo, especialmente de los que sufren.» (“La Madre de todos. Prédica pronunciada en el Mes de María, 1950”)
Vayamos, pues, «al tope de nuestra caridad». Venid y vamos todos, “con flores amarillas”, como el aromo, aquel que crece en medio de la adversidad, que ilumina cuando todo es gris y frío, que brinda esperanza de que lo bello perdura, aquel que Mistral quiso poner también en la tumba de Alberto, y nosotros, secundándole a él, a los pies de María.
Si ves un aromo florecido, ofrece ese momento a María. Si ves un dolor que aliviar, intenta aliviarlo por amor a María.
Te invitamos de lunes a viernes, para, en la misa de 12:00pm, celebrar a nuestra Madre. ¡Te esperamos!



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