Hace unos días visitó el Santuario Padre Hurtado don Manuel Riquelme Pino, quien nos contó que siendo un niño de 8-9 años, conoció a San Alberto Hurtado y vivió junto a otros niños en las instalaciones que albergaban el Hogar de Cristo. A continuación compartimos un poco de lo que nos dejó su testimonio.
Hace poco más de 30 años que don Manuel vive en España, en las islas Canarias, junto a su familia. Nos contó que anhelaba venir a Chile y en específico visitar el Santuario Padre Hurtado, pues desde hace 20 años que no venía al país y nunca había venido al santuario En su memoria, donde hoy está la tumba, el museo y la explanada del santuario, existían los talleres de albañilería, carpintería, electricidad y otro. Así, pudo cumplir, como dijo él, la promesa que le había hecho a San Alberto, «venir a verlo».
Tras participar de la misa en la tumba del padre Hurtado y compartir un momento con una de las servidoras del santuario (María Eugenia) visitó el museo, donde se encontró con Bryan Barrio y Cristian Osorio, a quienes les contó que buscaba una foto en la que el padre Hurtado aparecía junto a unos niños en la camioneta verde. Para sorpresa de todos dijo, «Quería ver la foto de la camioneta donde salgo yo. Esta es la foto en que yo estuve con el Padre Hurtado».
Siendo muy niño Manuel fue llevado por su abuelo al Hogar de Cristo, donde hablaron con el padre Hurtado, diciéndole que su nieto era muy rebelde, que no hacía caso, que no podía con él, y le preguntó si podía dejarlo ahí, «me puso una mano en el hombro y le dijo a mi abuelo, déjemelo aquí«. En ese lugar vivió casi dos años, para luego volver a la casa de su madre. Durante ese tiempo le enseñaron a leer, a escribir y aprendió el oficio de carpintería. Además nos contó que salía con Hurtado en la camioneta verde a recoger niños por la ciudad. En su testimonio, plagado de emoción, dio cuenta de una cruda realidad de la época, «Por las alcantarilla eléctrica que habían por la Alameda, ahí encontrábamos a los niños metidos. Ese lugar era como una estufa para los niños. Entonces los sacábamos de ahí, los llevábamos, los subíamos a la camioneta y los traíamos al hogar».
Don Manuel nos decía que la realidad de los niños que recogían en las calles era muy dura y que por lo mismo a muchos les gustaba la invitación que les hacían para hospedarse en el Hogar de Cristo, principalmente «porque después de haber estado tanto tiempo vagabundeando por las calles, sin comer, sin zapatos, el padre Hurtado que les daba de todo, mamelucos, zapatillas».
Otra de las actividades en que don Manuel acompañó al padre Hurtado fue en los recorridos que realizaban por la Vega Central ubicada en Recoleta, «íbamos a buscar verduras, frutas y carnes, porque todo eso se lo regalaban al padre Hurtado». Contaba también don Manuel, un aspecto quizá poco conocido del padre Hurtado, de quién nos dijo que era habitual que tras salir a recoger a niños y personas en las calles, y donde a veces bajaba hasta el mismo río Mapocho, terminaba con sus ropas todo mojado, tras lo cual él no se secaba, no se sacaba la ropa, sino que seguía con sus actividades y era común que se fuera a trabajar a en su escritorio con su ropa mojada. Había también unas religiosas que le insistían permanentemente que se cambiara la ropa y le ofrecían ropa seca para que no se enfermara.
El testimonio de don Manuel Riquelme nos confirma la gran obra que realizó Alberto Hurtado en su vida. Nos reafirma la capacidad que tuvo, para ver la realidad, comprender las necesidades y problemáticas, y finalmente discernir cómo responder a los más vulnerables de su época, los niños que vivían en las calles de la ciudad. Finalmente don Manuel, nos compartió cómo recuerda hoy la etapa de su vida, de su niñez, en que conoció al padre Hurtado y recorrió con él las calles ayudándolo en su obra, «mantengo muy buenos recuerdos, de mi niñez sobre todo. Disfruté mucho con el padre Hurtado. Le tenía prometido de venir a verlo y no había podido, ni tenía para cuándo, hasta que se me presentó esta oportunidad de poder venir».
El encuentro con don Manuel nos alegra y anima para seguir trabajando en mantener vivo el legado y la memoria del padre Hurtado. Esperamos que la experiencia de vida que él nos compartió pueda servir a tantas personas que hoy buscan sentido a sus vidas. Manuel fue un afortunado que conoció al primer santo chileno, cuando era un hombre, un sacerdote, que buscaba responder a la pregunta que siempre cruzo su vida y su obra, «¿qué haría Cristo en mi lugar?»
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La Fundación Padre Hurtado agradece profundamente al Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio por su respaldo a través de la Ley de Donaciones Culturales, una herramienta que nos permite llevar a cabo iniciativas que preservan nuestro patrimonio cultural y promueven valores de solidaridad y justicia social en todo Chile.
Fuente: Comunicaciones Fundación Padre Hurtado
Estación Central, 26 de septiembre de 2025




















