A los hombres y mujeres de Chile, a quienes gobiernan y a quienes son gobernados, a los que dirigen empresas y a los que las sostienen con sus manos:
Es bueno y necesario que recordemos una verdad que parece hemos olvidado: la sociedad vive por el trabajo de sus ciudadanos. Sin trabajo no habría riqueza ni sociedad. Cada edificio, cada camino, cada hospital, de este país fue construido por manos que no aparecen en los discursos. Son fruto de los «héroes ocultos sin los cuales no progresa la humanidad».
En tiempos en que mucho se habla de crecimiento, productividad y desarrollo, detengámonos en una pregunta más profunda, ¿qué entendemos por trabajo?
Porque el trabajo no es solo un medio para ganarse la vida. No puede reducirse a una cifra, a un contrato o a una función. El trabajo es, ante todo, un acto profundamente humano: es el esfuerzo personal puesto al servicio de los demás.
Hace casi ochenta años el padre Hurtado escribía que el trabajo es «el esfuerzo que se pone al servicio de la humanidad; esfuerzo personal en su origen, fraternal en sus fines, santificador en sus efectos». No pedía caridad para el trabajador. Pedía justicia. Porque el trabajo, cuando es realizado en condiciones justas y humanas, no solo produce bienes, sino que dignifica, une y puede ser camino de santificación.
¡Quiera Dios que se avive entre nosotros un espíritu de justicia social, de amor benévolo, un hondo sentido de colaboración y progreso para que nuestra tierra sea como dice el himno patrio: La copia feliz del Edén!
Reflexión a partir del libro «Humanismo Social», 1947, Alberto Hurtado
1 de mayo de 2026


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