En sus 170 años de historia, el Colegio San Ignacio ha sido un espacio formativo de miles de niños, y actualmente también niñas, que cuenta con Alberto Hurtado, como uno de sus estudiantes más ilustres e influyentes en el país, cuya vida refleja el sello formativo de la educación jesuita, tanto por su testimonio de vida como por su posterior vínculo con la comunidad educativa.
Hurtado ingresó al colegio en 1909, gracias a una beca que le permitió continuar sus estudios en medio de una difícil situación familiar. Durante sus años como alumno, no solo fue recordado por su alegría y cercanía, sino también por su compromiso con los demás, participando activamente en espacios formativos y de servicio, donde comenzó a desarrollar una profunda sensibilidad social.
En el colegio conoció al sacerdote jesuita Fernando Vives, quien influyó decisivamente en su vida. A través de su acompañamiento espiritual, Hurtado fue consolidando su vocación, integrando fe, servicio y una creciente preocupación por los más pobres, rasgos que marcarían toda su vida.
Años más tarde, en 1936, regresó al mismo establecimiento como sacerdote y educador, desempeñándose como profesor de religión y acompañante espiritual de los alumnos. Desde ese rol, impactó profundamente a generaciones de jóvenes, no solo por su enseñanza, sino por su cercanía, su capacidad de escucha y su llamado constante a preguntarse por el sentido de la vida y el servicio a los demás.
Para el padre Hurtado, la educación no se limitaba a la transmisión de conocimientos, sino que debía formar personas capaces de vivir con sentido, compromiso y generosidad. Esta visión, profundamente arraigada en la espiritualidad ignaciana, sigue siendo hasta hoy un sello distintivo del Colegio San Ignacio.
A 170 años de su fundación, la huella de San Alberto Hurtado continúa viva, recordando que educar es, ante todo, formar personas para servir y transformar la sociedad desde el amor y la justicia.




Fuente: Comunicaciones Fundación Padre Hurtado
Estación Central, 2 de mayo de 2026




