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Manuel Salas, historiador: El Padre Hurtado, desde Chillán a Lovaina

Escrito por Fundacion Alberto Hurtado

Autor del último libro sobre el Padre Hurtado, Manuel Salas afirma que dentro de su larga formación como jesuita “el noviciado en Chillán fue la época más difícil y rica para san Alberto. Es en Chillán donde ‘curtió el cuero’ para una nueva vida, allí desistió de todo lo mundano, se entregó por entero al modelo de san Ignacio”.

Manuel Salas nació en Lima,  es doctor en Historia de América Latina por la Universidad de Texas y trabaja en el Instituto de Historia de la Universidad de los Andes, en Chile. Su tesis doctoral fue publicada recientemente por Ediciones Universidad Alberto Hurtado. El libro, disponible en librerias chilenas se titula: “La formación jesuita de Alberto Hurtado, de Chillán a Lovaina 1923-1936” y sigue al Padre Hurtado por los diferentes países en que se formó como sacerdote, realizando estudios de espiritualidad, humanismo, filosofía, teología, psicología y pedagogía. Todo este bagaje intelectual amplió su visión del cristianismo y del ser humano y trajó con él un golpe de aire fresco a Chile, de renovación y de inquietud cultural.

Entrevistamos a Manuel Salas, historiador y autor de este libro, quien además ya ha comenzado nuevas investigaciones sobre el Padre Hurtado.

-Usted afirma como historiador que Alberto Hurtado fue propenso a un reformismo moderado…

En el mundo secularizado de hoy se suele ver a la Iglesia como algo estático, que se niega a todo cambio en todo orden de cosas. Eso sin duda no es así y la vida de un santo como Alberto Hurtado es prueba de ello. Sin embargo, el Padre Hurtado sabía que los fines pueden ser alcanzados en la medida que los medios elegidos sean los adecuados. Su “reformismo-moderado” consistió en que en todas sus obras hubo planificación, puesta en marcha, estudio para mejoras, para así seguir progresando. El buscar una sociedad más justa como la que quería Hurtado, no se puede entender como el acabar con las estructuras existentes para refundar una nueva.

-Si la personalidad del Padre Hurtado se vio tan forjada por su educación, ¿qué fue lo que lo diferenció de todo el resto de jesuitas que se educaron con él?

De los compañeros de Hurtado, algunos se distinguieron en áreas que quizás tengan menos exposición y por eso los conozcamos menos. Pero lo importante es rescatar que los santos como Hurtado, con sus defectos y virtudes, son gente normal y que las cosas se le dan tan difíciles como al resto. Lo que sí tienen en común los santos, es que sí son perseverantes –no “súper hombres”–, de lo contrario, ¿cómo podríamos reconocernos en ellos? ¿Cómo podrían ser nuestros modelos de santidad si son superiores a nosotros? La gracia es que Hurtado –una persona común y corriente como usted o yo– batalló no sólo contra los males del mundo sino con sus propios defectos, tratando de alcanzar lo que Dios quería de él.

-Si bien todos los lugares donde estudió san Alberto son jesuitas, cada uno tiene su espíritu propio… ¿Hay alguno que haya calado más hondo en él?

Esta es una pregunta muy difícil de responder, pero creo, a partir de mi investigación, que su noviciado en Chillán fue la época más difícil y rica de su larga formación. Es en Chillán donde “curtió el cuero” para una nueva vida, allí desistió de todo lo mundano, se entregó por entero al modelo de san Ignacio. Lo que vino después ya tuvo más que ver con su formación intelectual y no tanto con el dominio de la voluntad que –como le decía su padre espiritual Fernando Vives S.J. en una carta–, si no se ordena “gobierna a su capricho a las potencias superiores del alma”. En otras palabras, Alberto Hurtado en Chillán logra dar el primer gran paso para renunciar de todo-todo lo que fuera impedimento para vivir como sacerdote de Cristo.

 

En el noviciado de Chillán, trabajando en el huerto.

-¿Qué tanta importancia tiene que san Alberto haya hecho su tesis de John Dewey? Esta tesis, ¿se escapa mucho de lo que los católicos tradicionales esperaban en su época?

Importancia particular en cuanto la educación en Chile, la verdad es que no mucha. En nuestro país ya se discutían las ideas de John Dewey y sus propuestas se implementaban hace rato, así como la de otros teóricos norteamericanos como europeos vinculados a la educación nueva. Lo importante podríamos decir, es que su tesis prueba que Alberto Hurtado sigue profundizando con sus estudios en una materia que le era de especial interés desde sus años juventud como lo era la educación.

Con respecto a la segunda parte de su pregunta, Hurtado trabajaba para la Iglesia de Cristo, no para una capilla en particular. Tenemos que ser capaces de, si nos definimos católicos, ser consecuentes y no parceleros de un partido político: ¡ancha es la barca de Pedro! Sin embargo, es difícil, ya sé. Pero también creo que los santos son los únicos que lo consiguen y, eso mismo, los hace a ellos el ser de todos.

– ¿Cuánto queda por investigar sobre el Padre Hurtado?

Siempre desde un punto de vista de la disciplina histórica, hay aspectos condicionantes. Quizás el primero es el tiempo. Desde su muerte hasta ahora la investigación se ha centrado en sus obras, en su legado, por ser más evidente. Cómo dice un biógrafo: en 1923 entró a la Compañía de Jesús “y cómo todos sabemos lo importante que fue esa formación, mejor pasemos a su ministerio público que inició en 1936…”

Pero ya no nos queremos quedar sólo con ese recuerdo y queremos conocerlo más profundamente para entender su propia acción como santo. Prueba de este giro es que la misma Universidad que lleva su nombre ha reeditado sus obras, pero también estudios novedosos como el de Francisco Jiménez S.J “Vocaciones en un siglo herido”. El esfuerzo de la Universidad Alberto Hurtado también es colaboradora de lo hecho por el presbítero Samuel Fernández y otras personas en el Centro de Estudios San Alberto Hurtado, que dependió de la Pontificia Universidad Católica de Chile y que dio como fruto un sinnúmero de trabajos que profundizaron en su vida y obra. Yo he hecho mi trabajo en parte, gracias a todos ellos.

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